, te quiere, mamá

(…) –¿Por qué te fuiste? – Por ti, mamá. Temía decepcionarte. – Vuelve, qué quieres que te diga. Pero tú verás hija, después te arrepentirás. – Déjame que eso lo decida yo. – Yo sólo digo lo que he vivido.…

, te quiere, mamá

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(…)

–¿Por qué te fuiste?
– Por ti, mamá. Temía decepcionarte.
– Vuelve, qué quieres que te diga. Pero tú verás hija, después te arrepentirás.
– Déjame que eso lo decida yo.
– Yo sólo digo lo que he vivido.

Exacto ¿Entonces cuando empiezo a vivir yo?

De nuevo, el aliento en mi nuca.

Mi madre, que ya no sabe cómo dirigirse a mí, me dice «Haz lo que quieras, hija. No seré yo
quien te diga lo que tienes que hacer. Además, siempre haces lo que te da la gana. Yo sólo
quiero que cuando me muera, tengas tu vida hecha». «Ya lo sé, mamá».

Entonces ¿Si había vivido como me había dado la gana, por qué y de dónde venía esta
culpabilidad? Antes de volver a España, tuvimos una larga conversación por teléfono en la que comprendí que mi necesidad de establecer un diálogo con ella mediante fotografías era imprescindible.

Aquellos meses en Londres sirvieron para darme cuenta de que la única presión social que
había era la de mi madre, habiéndome inculcado unos valores que parten de su perspectiva generacional y cultural. Ella, que me había acunado, me juzgaba sin pretensión ninguna ante una decisión que sólo afectaría en mí. Sentía, pues, no vivir la vida que a una le pertenece, frente a la necesidad de aprobación.

También volví a las cartas que me escribió. Fue en una de ellas donde encontré el punctum. En
esa carta mi madre recalca que siempre estaría orgullosa de mí. No sólo me vino a la mente la frustración de no conseguir una aprobación por el mero hecho de no vivir la vida que una desea, sino además el temor a equivocarte, a tener que hacerlo todo bien. No importa lo que hagamos, nos van a querer ante cualquier adversidad y decisión, por equívoca que sea, pero con la presión de que cuando lleguen a su lecho de muerte, nuestra vida esté solucionada. Es entonces cuando te percatas de que es imposible salvarse de todo sentimiento de decepción.

A día de hoy, seguimos perdidas, pero ya no nos enfurecemos. En este periodo hemos sabido convivir en un mismo espacio, y no sólo eso, hemos establecido nuestro propio diálogo. He aprendido que nuestra relación es rencorosa e incomprensible, pero también es alegría y complicidad. Somos volátiles, bipolares, un huracán que cubre el espacio dentro del hogar. Mi negligencia emocional, la torpeza y el egoísmo forman parte de este vínculo. No soy mejor que ella. Podría decirse que estoy igual o más perdida, que me esfuerzo tanto o más a la hora de favorecer un encuentro.

El amor no es suave, ni romántico, porque en el fondo el amor hiere, pero hemos de ser
honestas, escupirlo, enseñarlo, corregirlo, compartirlo, comprender el punto de vista de ambas y asumir que aprendemos la una de la otra. O peor, esperar a que, un día, sea mi hija quien me lo enseñe.

Pero de momento, mamá, permíteme preguntarme dónde colocar dicha decepción.

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